Roadtrip in Australia – Southern Coast

Nous sommes le soir du 5 janvier, nous nous apprêtons à passer notre dernière nuit dans le petit lit douillet du van qui nous aura accompagné sur les 10 000 km parcourus à travers ce pays extraordinaire. Nous nous sommes installés sur un terrain de camping au bord d’un petit ruisseau paisible, au cœur des Blue Mountains. Nous sommes presque seuls, l’endroit est très accueillant. Ca sera parfait pour clôturer cette aventure. Il est 20h, nous venons de terminer de dîner. La nuit tombe doucement.

Ce dernier tiers de notre boucle australienne aura été à la fois très différent et très semblable aux deux premiers. Semblable, car nos journées sont toujours rythmées d’une façon a peu près identique. Réveil avec la lumière du jour, café, muesli et fruit frais. On range le van et on prend la route. On roule généralement jusqu’à midi, où on se cherche un petit coin de picnic sur une plage ou dans un coin de verdure sous les eucalyptus. Vers 15h, on commence à réfléchir à un endroit propice pour la nuit. On s’installe vers 16h ou 17h, le temps d’une douche, d’une lessive et de préparer le repas chaud du soir. Riz ou pâtes, en fonction des envies, accompagnés de légumes de saison. Notre petite routine, quoi ! On se sera gardé le plaisir d’une excellente pièce de bœuf au BBQ pour les grandes occasions.

Différent, car l’environnement a radicalement changé depuis le désert. Le matin du 26 décembre, soit le lendemain de notre Noël brûlant, un front froid frappe la côte sud et on en vient à enfiler une doudoune dès le premier soir. La côte sud est bercée par les flots du Southern Ocean, dans lequel migrent annuellement manchots, otaries, et baleines à bosse. Fini les tortues marines et les coraux multicolores, ici on sent que les eaux sont fraîches, même en plein été.

Mais la fraîcheur de l’air n’a en rien changé la sompuosité des paysages que nous parcourrons. De la Great Ocean Road et ses Douze Apôtres, plantés là, dans un océan azur et résistant tant bien que mal aux intempéries, jusqu’aux plages de sable blanc du sud de Sydney, en passant par les forêts humides aux fougères arborescentes et au brouillard mystérieux, nous n’avons (encore une fois) pas été déçu du voyage ! C’est peut-être même ce qui nous a le plus épuisé, au final. Certes nous avons avalé beaucoup de kilomètres, mais il faut avouer que s’émerveiller est consommateur de ressources. C’est une sensation que nous avions déjà ressenti en Islande. Comme un sentiment de saturation de beauté, aussi fou que ça puisse paraître. Comme si c’était « trop » beau. Du coup nous allégeons notre programme sur les derniers jours de route, s’épargnant quelques (sans doute sublimes) parc naturels et sanctuaires de vie sauvage, mais qui nous a permis de profiter davantage de que nous avons déjà la chance de voir depuis la route que nous empruntons.

Devant ce pays de superlatifs, et après avoir revu nos ambitions à la baisse, nous en avons profité jusqu’au derniers instant par une découverte de la belle Sydney par un « trek urbain » (sic Anna S.) qui nous fait découvrir la classique mais somptueuse vue depuis les botanic gardens sur l’Opéra de Sydney, aux courbes et à la blancheur uniques, contrastant avec la structure métallique sombre du Harbour Bridge qui se cache derrière, le tout baigné dans un bleu toujours aussi azur. Nous prenons désormais la direction d’Auckland, où nous retrouverons mes parents pour quelques jours.

On vous souhaite, à tous, une année 2017 remplie de bonheur, tout simplement. On vous embrasse.

En esta última etapa pasamos del calor extremo del Outback a una temperatura de unos 20 grados en un día. Una tormenta trae consigo no solo lluvia que nos refresca y alivia, sino también un descenso del mercurio. Sacamos la sudadera y el chubasquero y nos preparamos para seguir descubriendo esta tierra de contrastes.

La última parte del viaje sigue impresionándonos, como cada día en este país. La caravana nos lleva hacia la Great Ocean Road. Os diréis que tal vez es un poco pretencioso llamarla así pero esta carretera merece bien su nombre. Cada media hora hay un sitio donde pararse y descubrir las maravillas que el océano ha esculpido a lo largo de miles de años en las rocas.
Seguimos nuestra ascensión por la costa Este entre nubes, lluvia y sol (hemos tenido de todo estos días), y haciendo paradas en las inmensas playas de arena fina, aguas cristalinas y vegetación.

Y sin darnos cuenta, el periplo se termina, y llegamos a Sydney para abandonar la que ha sido nuestra casa durante un mes y descubrir la ciudad. Se nos hace raro dejar la caravana, pero hay un cierto placer en retomar la mochila a la espalda.
Al contrario que otras grandes ciudades, Sydney inspira relajación, calma, ganas de hacer picnics en los parques al lado de la bahía. Y eso es lo que hacemos estos dias, descansar un poco de la intensidad del pais que nos ha agotado. Sin duda, el mes mas intenso hasta ahora. Tenemos la sensacion de haber descubierto este país en un abrir y cerrar de ojos, pero nos vamos con la cabeza llena de recuerdos e imágenes espectaculares. Sin duda, Australia nos habrá marcado por su intensidad.

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Roadtrip in Australia – The Outback

Empezamos una nueva etapa, el interior del país. Cómo describiros esta etapa? Creo que la palabra es Intensa. En el outback todo se magnifica, y todo es grande.
El sol no calienta, el sol quema. No hay una mosca, hay mil moscas, que te siguen y no te dejan tranquila ni un segundo. El término « mosca cojonera » adquiere todo su sentido aquí. Las hormigas no te hacen cosquillas, las hormigas están estresadas con el calor y se te suben y te pican… Pero como todo se magnifica, también se magnifica la belleza del paisaje. La carretera no es una simple carretera, es una línea recta infinita en la que te sientes minúscula en medio de la inmensidad. Los colores se intensifican, pasamos del amarillo casi blanco de los campos al color fuego de la tierra, las nubes (cuando aparecen) de un blanco puro,que parecen pintadas en el cielo azul intenso, las puestas de sol con mil tonalidades… Sí, definitivamente el outback es especial.

Estos días hacemos horas y horas de ruta, porque aquí lo mas importante, la belleza, está en la ruta en sí misma.
Hacemos algunas paradas que cambian nuestra rutina. Uno de los primeros días paramos en un zoo y vemos por primera vez canguros (bueno, para matizar, canguros vivos, porque desgraciadamente hemos encontrado bastantes en la carretera muertos que son atropellados al atardecer cuando intentan cruzar y los camioneros o conductores no llegan a verlos). Los canguros son elegantes, los vemos desplazarse, comer, y de pronto aparece una mami canguro con el bebé dentro de la bolsa 🙂 Un auténtico regalo!! Nos damos cuenta de que somos turistas porque pasamos una hora observándolos. En cambio los australianos pasan delante de ellos sin inmutarse, supongo que para ellos es como para nosotros ver un conejo!

Otro día hacemos una parada en Alice Springs,una ciudad donde tienen un museo con arte aborigen. El arte aborigen me encanta, tiene algo de auténtico, de puro, como de basarse en los elementos fundamentales de la creación… Vemos aborígenes en las ciudades, pero tenemos la impresión de que están un poco marginalizados. Es difícil entender su situación real. Hace tan solo un centenar de años eran dueños de estas tierras y de repente unos blancos vinieron a expropiárselas y a imponerles sus reglas y formas de vida…

Seguimos los kilómetros y kilómetros de ruta para llegar a uno de los puntos claves de nuestro periplo australiano. La visita de Uluru, una montaña sagrada, el monolito más grande del mundo. El Uluru es impresionante de lejos y de cerca. De lejos, aparece como algo sobrenatural, una masa rocosa en medio de la nada, de espacio desértico, completamente llano. De cerca, todavia me gusta más. Decidimos darle la vuelta completa, unas 3 horas de marcha sobre un sol extenuante al inicio y con la diferente luminosidad del atardecer al fin. Cada cara del Uluru es diferente, es como una inmensa obra de arte con infinitos matices en plena naturaleza. Podemos entender que los aborígenes la utilizaran para reunirse y hacer ceremonias. Sentimos aquí algo de magia, una sensacion mística, de energía…
En definitiva, Uluru cumple con todas las expectativas, y los días interminables de carretera nos dan nuestra recompensa.

Una de las ultimas paradas en este periplo desértico es en Coober Pedy, ciudad llena de minas para buscar opalo. La ciudad nos hace pensar en las películas de vaqueros, con las tierras rojizas, unas pocas casas y un sol abrasador. Qué mejor lugar para pasar una Nochebuena atípica que este sitio? :p A pesar de tener un poco de morriña, conseguimos crear nuestro propio ambiente Navideño en medio del desierto y disfrutamos de la cena 🙂 Ahora todavía unos cuantos kilómetros (800, eso no es nada), para llegar a Adelaida en 2 días y reencontrarnos con el tan ansiado océano.

Nous sommes le 25 décembre. Nous venons de passer une nuit de Noël à la belle étoile. Réveillés par un soleil de plomb qui nous brûle la peau, et par les milliers de mouches qui se faufilent dans nos yeux et narines, nous nous organisons un brunch avec les restes de notre repas de réveillon. Nous avons passé Noël à l’Oasis Caravan Park de Coober Pedy. Coober Pedy est une ville atypique. Créée par quelques chercheurs d’opale complètement tarés, le nom vient d’une expression aborigène signifiant « le terrier de l’homme blanc ». En effet, la moitié de la ville habite dans des habitations troglodytes afin de lutter contre les températures extrêmes et le vent poussiéreux qui souffle quasiment continuellemet. L’ambiance qui y règne est clairement de type farwest. Ce n’était pas forcément l’endroit rêvé pour y passer le réveillon, mais notre itinéraire ne nous a pas tellement laissé le choix, et cela nous laissera un souvenir inoubliable.

Revenons une dizaine de jours en arrière. Nous quittons l’océan pacifique et la grande barrière de corail en direction de l’outback, on fonce plein ouest. Nous roulerons cinq jours pour atteindre Alice Springs, ville située en plein milieu du pays, permettant de se ravitailler après la grande traversée du désert. Entre la côte et « the Alice », rien. De la terre rouge, des termitières, quelques arbustes téméraires, et une ligne discontinue que nous suivons et qui semble nous amener jusqu’à l’horizon. Pas de relief, très peu de virages. Lorsqu’on en passe un, on voit rarement le suivant. Juste une ligne blanche qui semble s’étirer de l’infini derrière nous, à l’infini devant, et qui sépare le paysage en deux moitiés, droite et gauche, parfaitement symmétriques. Nous roulons. Nous croisons quelques rares véhicules. Nous nous saluons d’un geste de la main, de la même façon que l’on saluerait quelqu’un que l’on croiserait à pied dans un petit village de campagne.

Les journées se ressemblent. Nous roulons pendant la pleine chaleur du milieu de journée. La vieille clim de notre van tourne à fond et nous sauve la vie. Et puis nous finissons par arriver à notre objectif. Celui pour lequel nous avons choisi de faire toutes ces journées de route. A la façon d’un pélerinage. Uluru, ou Ayers Rock en anglais. Uluru est un des rochers les plus connus au monde, sinon le plus connu. C’est une pièce unique au monde. Un monolithe qui domine la plaine à 300m de haut et environ 10km de circonférence, d’une couleur parfaitement unie sur laquelle les rayons du soleil jouent avec les ombres et les reflets lors du crépuscule. Mais c’est en se rendant au pied de cette merveille que l’on ressent la magie de l’endroit. Pas étonnant que le site soit sacré pour l’ethnie aborigène locale. Les formes semblent avoir été scupltées par une mère nature à la recherche de fantaisie. Parfois très arrondies, parfois clivées nettes, cette énorme masse de roche laisse apparaître des cavités de tailles variables, ainsi que des longues traînées noires verticales témoignant des chutes d’eau que les orages entraînent lorsqu’ils s’abbatent violemment sur le sommet. En plus d’être magnifique, ce lieu a longtemps servi d’abri ainsi que de billabong (point d’eau), aux Anangu et à leur gibier.

Par sa magie, Uluru nous a totalement comblé, et a donné un réel sens aux innombrables journées que nous avons passées au travers de ce désert sans fin, et à cette chaleur extrême.

Extrême, c’est le terme que nous choisirions pour qualifier l’Outback à cette saison. Ici, c’est comme si on avait poussé tous les curseurs à leur pleine intensité. Le soleil tape. Nous sommes en plein solstice d’été, sous le tropique du Capricorne, et le ciel est d’un azur parfait. C’est donc sans doute un des soleils les plus puissants que l’on peut trouver à la surface de notre planète. Les mouches. Elles sont partout. Elles volent vite, et se promènent sur le visage à la recherche des zones humides (yeux, nez, bouche). Les fourmis. Elles recouvrent le sol, et sont affolées par le temps orageux de la saison estivale. Elles sont minuscules, très rapides également, et se jettent sur vos pieds dès qu’elles sentent votre présence sur le sol pour vous mordre. Et j’en oublie, comme les sauterelles, ou les punaises, que nous croisons systématiquement par milliers d’individus.

Nous avons donc passé le réveillon de Noël dans cet environnement si particulier. Nous sommes actuellement en train d’avaler les dernières centaines de kilomètres qui nous amènent vers le littoral sud du pays pour continuer notre périple et boucler la boucle.

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Baby kangaroo

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Termite hills
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It’s hot!
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Devil’s Marbles
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Aboriginal art
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Uluruuuuuuu
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Magic walk around Uluru

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Roadtrip in Australia – East Coast

Une semaine depuis notre arrivée à Sydney, nous avons déjà avalé environ 2000 km vers le nord, longeant la côte Pacifique et ses plages sublimes. Maria conduit, je prends quelques minutes pour vous conter nos expériences de la côte est australienne.

Il y a mille façons de découvrir l’Australie. Nous avons choisi de la découvrir par un roadtrip en van aménagé. Nous avons un évier, un matelas (très confortable, et oui !), et quelques rangements sommaires. Cela nous laisse une grande liberté dans nos étapes. Le volant est à droite, la boite est automatique, et les fenêtres nous offrent une vue panoramique incroyable sur le paysage qui défile.

Il faut le dire, un roadtrip n’est pas de tout repos. Les deux premiers jours nous auront servi de temps d’adaptation à la conduite locale. Désormais c’est bon, les rond-points à l’envers ne nous font même plus peur. Bon, il reste quelques réflexes un peu pénibles, comme engager l’essuie-glace lorsqu’on cherche à mettre le clignotant, mais ça reste moins dangereux que les rond-points alors ça va.

Nos journées de route sur la Pacific Highway sont ponctuées par les différentes plages que nous rencontrons. Toutes de sable blanc et activement balayées par les rouleaux d’une eau aussi turquoise que limpide, elles ne se prêtent pas trop à la farniente. Ca tombe bien, on a de la route à faire ! Un petit bain « refreshing » avec vue sur les jeunes prodiges de surf, une douchette pour se désaler, un picnic à l’ombre, et on repart. Les plages sont assez semblables sur toute la côte pacifique que nous avons parcouru. Elles sont magnifiques, et surtout, elles sont presque toutes désertes ! Depuis Sydney, la température a déjà bien augmenté. La petite brise qui faisait hérisser le poil en sortant de l’eau à Sydney s’est transformé en vent chaud et sec qui sèche le linge en 2h top-chrono au nord de Brisbane.

Rouler en Australie est un vrai plaisir. La route, relativement dangereuse car longue et monotone pour ceux qui l’empruntent chaque jour, à en croire les stands « Free Coffee Refreshing » mis à disposition par l’état, elle est pour nous une source d’émerveillement sans fin. Les centaines de variétés d’eucalyptus se succèdent. Les couleurs des troncs varient d’un blanc immaculé au noir brûlé des feux de forêts, en passant par toutes les nuances de brun-marron, voire joliment marbré par l’écorce qui se détache par morceaux.

Les eucalyptus, c’est l’habitat des koalas que nous avons pu observer dans un centre vétérinaire de secours à ces marsupiaux en danger. Ils sont bien mignons, il faut l’avouer. Nous y sommes arrivés à l’heure du petit déjeuner, ce qui est une chance, car ces petites peluches dorment 20h par jour. Nous avons également pu tranquillement discuter avec les vétérinaires sur le fonctionnement du centre et le sort de l’espèce. Les koalas souffrent de maladies qui les rendent aveugles, mais surtout des feux de forêt et des accidents de la route. Nous avons donc pu les voir manger, marcher, grimper, et faire caca (ce qui résume parfaitement leur courte journée entre deux dodos).

Notre étape la plus septentrionale de la côte est sera le village de Burnett Heads, d’où nous nous sommes payé une journée au large, à la découverte de la grande barrière de corail. Enfin ! Je l’avais ratée il y a 12 ans lors de mon périple australien. Deux heures à bord d’un super hors-bord de luxe à filer à toute allure sur la houle, et l’estomac qui se noue. Une personne sur deux a un sac entre les mains, prêt à tout dégobiller. Finalement ça se passe bien, nous arrivons au calme dans un lagon d’une pureté à couper le souffle. On nous propose une première excursion en bateau à fond vitré. N’étant pas trop pour ce genre d’activités, on se laisse quand même tenter, et on a eu raison. Le capitaine nous explique les différents types de coraux, poissons et autres crustacés, puis nous amène découvrir la fameuse « turtle cleaning station », où les tortues de mer viennent se faire nettoyer la carapace par des milliers de petits poissons. Bref, on est dans Nemo et ça vaut vraiment le détour. Nous resterons encore quelques heures à découvrir quelques récifs multicolores avec masque et tuba, puis retour à la terre ferme en croisant quelques raies manta, et sauts de dauphins.

Notre route quitte maintenant l’océan, on le retrouvera au sud du pays, après la grande traversée de l’Outback australien…

Llegamos a Australia con ganas de iniciar una nueva etapa en el viaje. Un road trip, dejar la mochila en la caravana y recorrer el país. La llegada a Sydney es espectacular, el avión planea sobre la ciudad ofreciéndonos una vista espectacular de la bahía y de la ópera.
Y nada mas llegar al aeropuerto vamos a recoger la caravana que será nuestra casa durante el próximo mes. La caravana nos gusta, es pequeña pero con todo lo necesario para la vida diaria, y lo más importante, la cama es cómoda, dormiremos bien el próximo mes 😉 Además nos da autonomia, ahora podemos elegir qué comer y cuándo. Devoramos con alegría los primeros días los platos de pasta que hacía meses que no comíamos, o los sandwichs de queso 😉

Abandonamos Sydney y la descubriremos los ultimos días del viaje. Iniciamos nuestro viaje ascendiendo por la costa Este. La costa Este está llena de playas de arena fina dorada y el Pacífico, con su color azul turquesa, que de pacífico tiene bien poco. Pasamos los dias en la carretera, haciendo paradas para dar paseos en la playa, algún que otro chapuzón y visitando diferentes sitios como un hospital de koalas.
Los koalas están en peligro de extinción en Australia. En este hospital recogen koalas que han sido atropellados o han sufrido quemaduras en incendios, los cuidan y los dejan en libertad. En este caso, veremos koalas que por diferentes causas se han quedado ciegos y no pueden dejarlos en libertad porque no sobrevivirían. A los otros, los dejan en un sitio sin contacto con los humanos para que empiecen a habituarse a la vida en libertad.
Llegamos por la mañana, a la hora en que reciben su ración de eucaliptus fresco, y es un placer observarlos comer, caminar. Inspiran ternura. Estamos muy contentos de haber venido en este momento porque el resto del dia lo pasan durmiendo para poder digerir el eucaliptus. Menuda vida la de koala!!!!

Otro sitio interesante es Byron Bay, una zona costera donde todos los estereotipos que tenemos sobre Australia se hacen realidad. En qué pensais cuando alguien os dice la palabra Australia? En surferos y surferas rubi@s, en olas, en cielo azul, un sol abrasador. Todo eso se da en Byron Bay. Es divertido verlo.
Las tiendas en la ciudad no son Zara o Mango, sino Billabong, Roxie…
En Byron Bay visitamos también el faro que nos ofrece una vista espectacular de las playas de arena dorada y de la costa rocosa. Observar el movimiento de las olas chocar contra las rocas es hipnótico.
Y seguimos la ruta hasta llegar a Burnett Heads, ciudad portuaria donde al dia siguiente tomaremos un barco que nos llevara a descubrir la tan ansiada barrera de coral australiana.
El viaje en barco dura 2 horas, durante las cuales, el balanceo del barco se intensifica y la mitad de los pasajeros pasan el viaje entre vomiteras y mareos. A nosotros se nos mueve el estómago, pero conseguimos estar bien. Y de repente, el barco empieza a parar en aguas turquesas y al fondo vemos una isla, y olvidamos el mal de mar y admiramos el paraíso. Una primera aproximación en un minibarco nos permite ver tortugas marinas y la tan ansiada barrrera de coral australiana. Tras una comida rápida (siiii, tenemos ganas de bucear por fiiiin), nos lanzamos al agua y descubrimos las maravillas del fondo marino. Una estrella de mar violeta, una raya, miles de peces de todas las formas, tamaños y colores posibles… El regreso a tierra es mucho más tranquilo y nos permite digerir todas las imagenes captadas en la mente.

Los próximos días cambiamos de paisaje y nos adentraremos en el « outback », el interior del país…

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On the road (driving our home)
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Breakfast on the beach
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Clear water of Byron Bay
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So cliché!
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A blind koala
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The largest living being on Earth!