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Roadtrip in Australia – Southern Coast

Nous sommes le soir du 5 janvier, nous nous apprêtons à passer notre dernière nuit dans le petit lit douillet du van qui nous aura accompagné sur les 10 000 km parcourus à travers ce pays extraordinaire. Nous nous sommes installés sur un terrain de camping au bord d’un petit ruisseau paisible, au cœur des Blue Mountains. Nous sommes presque seuls, l’endroit est très accueillant. Ca sera parfait pour clôturer cette aventure. Il est 20h, nous venons de terminer de dîner. La nuit tombe doucement.

Ce dernier tiers de notre boucle australienne aura été à la fois très différent et très semblable aux deux premiers. Semblable, car nos journées sont toujours rythmées d’une façon a peu près identique. Réveil avec la lumière du jour, café, muesli et fruit frais. On range le van et on prend la route. On roule généralement jusqu’à midi, où on se cherche un petit coin de picnic sur une plage ou dans un coin de verdure sous les eucalyptus. Vers 15h, on commence à réfléchir à un endroit propice pour la nuit. On s’installe vers 16h ou 17h, le temps d’une douche, d’une lessive et de préparer le repas chaud du soir. Riz ou pâtes, en fonction des envies, accompagnés de légumes de saison. Notre petite routine, quoi ! On se sera gardé le plaisir d’une excellente pièce de bœuf au BBQ pour les grandes occasions.

Différent, car l’environnement a radicalement changé depuis le désert. Le matin du 26 décembre, soit le lendemain de notre Noël brûlant, un front froid frappe la côte sud et on en vient à enfiler une doudoune dès le premier soir. La côte sud est bercée par les flots du Southern Ocean, dans lequel migrent annuellement manchots, otaries, et baleines à bosse. Fini les tortues marines et les coraux multicolores, ici on sent que les eaux sont fraîches, même en plein été.

Mais la fraîcheur de l’air n’a en rien changé la sompuosité des paysages que nous parcourrons. De la Great Ocean Road et ses Douze Apôtres, plantés là, dans un océan azur et résistant tant bien que mal aux intempéries, jusqu’aux plages de sable blanc du sud de Sydney, en passant par les forêts humides aux fougères arborescentes et au brouillard mystérieux, nous n’avons (encore une fois) pas été déçu du voyage ! C’est peut-être même ce qui nous a le plus épuisé, au final. Certes nous avons avalé beaucoup de kilomètres, mais il faut avouer que s’émerveiller est consommateur de ressources. C’est une sensation que nous avions déjà ressenti en Islande. Comme un sentiment de saturation de beauté, aussi fou que ça puisse paraître. Comme si c’était « trop » beau. Du coup nous allégeons notre programme sur les derniers jours de route, s’épargnant quelques (sans doute sublimes) parc naturels et sanctuaires de vie sauvage, mais qui nous a permis de profiter davantage de que nous avons déjà la chance de voir depuis la route que nous empruntons.

Devant ce pays de superlatifs, et après avoir revu nos ambitions à la baisse, nous en avons profité jusqu’au derniers instant par une découverte de la belle Sydney par un « trek urbain » (sic Anna S.) qui nous fait découvrir la classique mais somptueuse vue depuis les botanic gardens sur l’Opéra de Sydney, aux courbes et à la blancheur uniques, contrastant avec la structure métallique sombre du Harbour Bridge qui se cache derrière, le tout baigné dans un bleu toujours aussi azur. Nous prenons désormais la direction d’Auckland, où nous retrouverons mes parents pour quelques jours.

On vous souhaite, à tous, une année 2017 remplie de bonheur, tout simplement. On vous embrasse.

En esta última etapa pasamos del calor extremo del Outback a una temperatura de unos 20 grados en un día. Una tormenta trae consigo no solo lluvia que nos refresca y alivia, sino también un descenso del mercurio. Sacamos la sudadera y el chubasquero y nos preparamos para seguir descubriendo esta tierra de contrastes.

La última parte del viaje sigue impresionándonos, como cada día en este país. La caravana nos lleva hacia la Great Ocean Road. Os diréis que tal vez es un poco pretencioso llamarla así pero esta carretera merece bien su nombre. Cada media hora hay un sitio donde pararse y descubrir las maravillas que el océano ha esculpido a lo largo de miles de años en las rocas.
Seguimos nuestra ascensión por la costa Este entre nubes, lluvia y sol (hemos tenido de todo estos días), y haciendo paradas en las inmensas playas de arena fina, aguas cristalinas y vegetación.

Y sin darnos cuenta, el periplo se termina, y llegamos a Sydney para abandonar la que ha sido nuestra casa durante un mes y descubrir la ciudad. Se nos hace raro dejar la caravana, pero hay un cierto placer en retomar la mochila a la espalda.
Al contrario que otras grandes ciudades, Sydney inspira relajación, calma, ganas de hacer picnics en los parques al lado de la bahía. Y eso es lo que hacemos estos dias, descansar un poco de la intensidad del pais que nos ha agotado. Sin duda, el mes mas intenso hasta ahora. Tenemos la sensacion de haber descubierto este país en un abrir y cerrar de ojos, pero nos vamos con la cabeza llena de recuerdos e imágenes espectaculares. Sin duda, Australia nos habrá marcado por su intensidad.

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Roadtrip in Australia – The Outback

Empezamos una nueva etapa, el interior del país. Cómo describiros esta etapa? Creo que la palabra es Intensa. En el outback todo se magnifica, y todo es grande.
El sol no calienta, el sol quema. No hay una mosca, hay mil moscas, que te siguen y no te dejan tranquila ni un segundo. El término « mosca cojonera » adquiere todo su sentido aquí. Las hormigas no te hacen cosquillas, las hormigas están estresadas con el calor y se te suben y te pican… Pero como todo se magnifica, también se magnifica la belleza del paisaje. La carretera no es una simple carretera, es una línea recta infinita en la que te sientes minúscula en medio de la inmensidad. Los colores se intensifican, pasamos del amarillo casi blanco de los campos al color fuego de la tierra, las nubes (cuando aparecen) de un blanco puro,que parecen pintadas en el cielo azul intenso, las puestas de sol con mil tonalidades… Sí, definitivamente el outback es especial.

Estos días hacemos horas y horas de ruta, porque aquí lo mas importante, la belleza, está en la ruta en sí misma.
Hacemos algunas paradas que cambian nuestra rutina. Uno de los primeros días paramos en un zoo y vemos por primera vez canguros (bueno, para matizar, canguros vivos, porque desgraciadamente hemos encontrado bastantes en la carretera muertos que son atropellados al atardecer cuando intentan cruzar y los camioneros o conductores no llegan a verlos). Los canguros son elegantes, los vemos desplazarse, comer, y de pronto aparece una mami canguro con el bebé dentro de la bolsa 🙂 Un auténtico regalo!! Nos damos cuenta de que somos turistas porque pasamos una hora observándolos. En cambio los australianos pasan delante de ellos sin inmutarse, supongo que para ellos es como para nosotros ver un conejo!

Otro día hacemos una parada en Alice Springs,una ciudad donde tienen un museo con arte aborigen. El arte aborigen me encanta, tiene algo de auténtico, de puro, como de basarse en los elementos fundamentales de la creación… Vemos aborígenes en las ciudades, pero tenemos la impresión de que están un poco marginalizados. Es difícil entender su situación real. Hace tan solo un centenar de años eran dueños de estas tierras y de repente unos blancos vinieron a expropiárselas y a imponerles sus reglas y formas de vida…

Seguimos los kilómetros y kilómetros de ruta para llegar a uno de los puntos claves de nuestro periplo australiano. La visita de Uluru, una montaña sagrada, el monolito más grande del mundo. El Uluru es impresionante de lejos y de cerca. De lejos, aparece como algo sobrenatural, una masa rocosa en medio de la nada, de espacio desértico, completamente llano. De cerca, todavia me gusta más. Decidimos darle la vuelta completa, unas 3 horas de marcha sobre un sol extenuante al inicio y con la diferente luminosidad del atardecer al fin. Cada cara del Uluru es diferente, es como una inmensa obra de arte con infinitos matices en plena naturaleza. Podemos entender que los aborígenes la utilizaran para reunirse y hacer ceremonias. Sentimos aquí algo de magia, una sensacion mística, de energía…
En definitiva, Uluru cumple con todas las expectativas, y los días interminables de carretera nos dan nuestra recompensa.

Una de las ultimas paradas en este periplo desértico es en Coober Pedy, ciudad llena de minas para buscar opalo. La ciudad nos hace pensar en las películas de vaqueros, con las tierras rojizas, unas pocas casas y un sol abrasador. Qué mejor lugar para pasar una Nochebuena atípica que este sitio? :p A pesar de tener un poco de morriña, conseguimos crear nuestro propio ambiente Navideño en medio del desierto y disfrutamos de la cena 🙂 Ahora todavía unos cuantos kilómetros (800, eso no es nada), para llegar a Adelaida en 2 días y reencontrarnos con el tan ansiado océano.

Nous sommes le 25 décembre. Nous venons de passer une nuit de Noël à la belle étoile. Réveillés par un soleil de plomb qui nous brûle la peau, et par les milliers de mouches qui se faufilent dans nos yeux et narines, nous nous organisons un brunch avec les restes de notre repas de réveillon. Nous avons passé Noël à l’Oasis Caravan Park de Coober Pedy. Coober Pedy est une ville atypique. Créée par quelques chercheurs d’opale complètement tarés, le nom vient d’une expression aborigène signifiant « le terrier de l’homme blanc ». En effet, la moitié de la ville habite dans des habitations troglodytes afin de lutter contre les températures extrêmes et le vent poussiéreux qui souffle quasiment continuellemet. L’ambiance qui y règne est clairement de type farwest. Ce n’était pas forcément l’endroit rêvé pour y passer le réveillon, mais notre itinéraire ne nous a pas tellement laissé le choix, et cela nous laissera un souvenir inoubliable.

Revenons une dizaine de jours en arrière. Nous quittons l’océan pacifique et la grande barrière de corail en direction de l’outback, on fonce plein ouest. Nous roulerons cinq jours pour atteindre Alice Springs, ville située en plein milieu du pays, permettant de se ravitailler après la grande traversée du désert. Entre la côte et « the Alice », rien. De la terre rouge, des termitières, quelques arbustes téméraires, et une ligne discontinue que nous suivons et qui semble nous amener jusqu’à l’horizon. Pas de relief, très peu de virages. Lorsqu’on en passe un, on voit rarement le suivant. Juste une ligne blanche qui semble s’étirer de l’infini derrière nous, à l’infini devant, et qui sépare le paysage en deux moitiés, droite et gauche, parfaitement symmétriques. Nous roulons. Nous croisons quelques rares véhicules. Nous nous saluons d’un geste de la main, de la même façon que l’on saluerait quelqu’un que l’on croiserait à pied dans un petit village de campagne.

Les journées se ressemblent. Nous roulons pendant la pleine chaleur du milieu de journée. La vieille clim de notre van tourne à fond et nous sauve la vie. Et puis nous finissons par arriver à notre objectif. Celui pour lequel nous avons choisi de faire toutes ces journées de route. A la façon d’un pélerinage. Uluru, ou Ayers Rock en anglais. Uluru est un des rochers les plus connus au monde, sinon le plus connu. C’est une pièce unique au monde. Un monolithe qui domine la plaine à 300m de haut et environ 10km de circonférence, d’une couleur parfaitement unie sur laquelle les rayons du soleil jouent avec les ombres et les reflets lors du crépuscule. Mais c’est en se rendant au pied de cette merveille que l’on ressent la magie de l’endroit. Pas étonnant que le site soit sacré pour l’ethnie aborigène locale. Les formes semblent avoir été scupltées par une mère nature à la recherche de fantaisie. Parfois très arrondies, parfois clivées nettes, cette énorme masse de roche laisse apparaître des cavités de tailles variables, ainsi que des longues traînées noires verticales témoignant des chutes d’eau que les orages entraînent lorsqu’ils s’abbatent violemment sur le sommet. En plus d’être magnifique, ce lieu a longtemps servi d’abri ainsi que de billabong (point d’eau), aux Anangu et à leur gibier.

Par sa magie, Uluru nous a totalement comblé, et a donné un réel sens aux innombrables journées que nous avons passées au travers de ce désert sans fin, et à cette chaleur extrême.

Extrême, c’est le terme que nous choisirions pour qualifier l’Outback à cette saison. Ici, c’est comme si on avait poussé tous les curseurs à leur pleine intensité. Le soleil tape. Nous sommes en plein solstice d’été, sous le tropique du Capricorne, et le ciel est d’un azur parfait. C’est donc sans doute un des soleils les plus puissants que l’on peut trouver à la surface de notre planète. Les mouches. Elles sont partout. Elles volent vite, et se promènent sur le visage à la recherche des zones humides (yeux, nez, bouche). Les fourmis. Elles recouvrent le sol, et sont affolées par le temps orageux de la saison estivale. Elles sont minuscules, très rapides également, et se jettent sur vos pieds dès qu’elles sentent votre présence sur le sol pour vous mordre. Et j’en oublie, comme les sauterelles, ou les punaises, que nous croisons systématiquement par milliers d’individus.

Nous avons donc passé le réveillon de Noël dans cet environnement si particulier. Nous sommes actuellement en train d’avaler les dernières centaines de kilomètres qui nous amènent vers le littoral sud du pays pour continuer notre périple et boucler la boucle.

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Baby kangaroo

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Termite hills
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It’s hot!
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Devil’s Marbles
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Aboriginal art
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Uluruuuuuuu
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Magic walk around Uluru

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Roadtrip in Australia – East Coast

Une semaine depuis notre arrivée à Sydney, nous avons déjà avalé environ 2000 km vers le nord, longeant la côte Pacifique et ses plages sublimes. Maria conduit, je prends quelques minutes pour vous conter nos expériences de la côte est australienne.

Il y a mille façons de découvrir l’Australie. Nous avons choisi de la découvrir par un roadtrip en van aménagé. Nous avons un évier, un matelas (très confortable, et oui !), et quelques rangements sommaires. Cela nous laisse une grande liberté dans nos étapes. Le volant est à droite, la boite est automatique, et les fenêtres nous offrent une vue panoramique incroyable sur le paysage qui défile.

Il faut le dire, un roadtrip n’est pas de tout repos. Les deux premiers jours nous auront servi de temps d’adaptation à la conduite locale. Désormais c’est bon, les rond-points à l’envers ne nous font même plus peur. Bon, il reste quelques réflexes un peu pénibles, comme engager l’essuie-glace lorsqu’on cherche à mettre le clignotant, mais ça reste moins dangereux que les rond-points alors ça va.

Nos journées de route sur la Pacific Highway sont ponctuées par les différentes plages que nous rencontrons. Toutes de sable blanc et activement balayées par les rouleaux d’une eau aussi turquoise que limpide, elles ne se prêtent pas trop à la farniente. Ca tombe bien, on a de la route à faire ! Un petit bain « refreshing » avec vue sur les jeunes prodiges de surf, une douchette pour se désaler, un picnic à l’ombre, et on repart. Les plages sont assez semblables sur toute la côte pacifique que nous avons parcouru. Elles sont magnifiques, et surtout, elles sont presque toutes désertes ! Depuis Sydney, la température a déjà bien augmenté. La petite brise qui faisait hérisser le poil en sortant de l’eau à Sydney s’est transformé en vent chaud et sec qui sèche le linge en 2h top-chrono au nord de Brisbane.

Rouler en Australie est un vrai plaisir. La route, relativement dangereuse car longue et monotone pour ceux qui l’empruntent chaque jour, à en croire les stands « Free Coffee Refreshing » mis à disposition par l’état, elle est pour nous une source d’émerveillement sans fin. Les centaines de variétés d’eucalyptus se succèdent. Les couleurs des troncs varient d’un blanc immaculé au noir brûlé des feux de forêts, en passant par toutes les nuances de brun-marron, voire joliment marbré par l’écorce qui se détache par morceaux.

Les eucalyptus, c’est l’habitat des koalas que nous avons pu observer dans un centre vétérinaire de secours à ces marsupiaux en danger. Ils sont bien mignons, il faut l’avouer. Nous y sommes arrivés à l’heure du petit déjeuner, ce qui est une chance, car ces petites peluches dorment 20h par jour. Nous avons également pu tranquillement discuter avec les vétérinaires sur le fonctionnement du centre et le sort de l’espèce. Les koalas souffrent de maladies qui les rendent aveugles, mais surtout des feux de forêt et des accidents de la route. Nous avons donc pu les voir manger, marcher, grimper, et faire caca (ce qui résume parfaitement leur courte journée entre deux dodos).

Notre étape la plus septentrionale de la côte est sera le village de Burnett Heads, d’où nous nous sommes payé une journée au large, à la découverte de la grande barrière de corail. Enfin ! Je l’avais ratée il y a 12 ans lors de mon périple australien. Deux heures à bord d’un super hors-bord de luxe à filer à toute allure sur la houle, et l’estomac qui se noue. Une personne sur deux a un sac entre les mains, prêt à tout dégobiller. Finalement ça se passe bien, nous arrivons au calme dans un lagon d’une pureté à couper le souffle. On nous propose une première excursion en bateau à fond vitré. N’étant pas trop pour ce genre d’activités, on se laisse quand même tenter, et on a eu raison. Le capitaine nous explique les différents types de coraux, poissons et autres crustacés, puis nous amène découvrir la fameuse « turtle cleaning station », où les tortues de mer viennent se faire nettoyer la carapace par des milliers de petits poissons. Bref, on est dans Nemo et ça vaut vraiment le détour. Nous resterons encore quelques heures à découvrir quelques récifs multicolores avec masque et tuba, puis retour à la terre ferme en croisant quelques raies manta, et sauts de dauphins.

Notre route quitte maintenant l’océan, on le retrouvera au sud du pays, après la grande traversée de l’Outback australien…

Llegamos a Australia con ganas de iniciar una nueva etapa en el viaje. Un road trip, dejar la mochila en la caravana y recorrer el país. La llegada a Sydney es espectacular, el avión planea sobre la ciudad ofreciéndonos una vista espectacular de la bahía y de la ópera.
Y nada mas llegar al aeropuerto vamos a recoger la caravana que será nuestra casa durante el próximo mes. La caravana nos gusta, es pequeña pero con todo lo necesario para la vida diaria, y lo más importante, la cama es cómoda, dormiremos bien el próximo mes 😉 Además nos da autonomia, ahora podemos elegir qué comer y cuándo. Devoramos con alegría los primeros días los platos de pasta que hacía meses que no comíamos, o los sandwichs de queso 😉

Abandonamos Sydney y la descubriremos los ultimos días del viaje. Iniciamos nuestro viaje ascendiendo por la costa Este. La costa Este está llena de playas de arena fina dorada y el Pacífico, con su color azul turquesa, que de pacífico tiene bien poco. Pasamos los dias en la carretera, haciendo paradas para dar paseos en la playa, algún que otro chapuzón y visitando diferentes sitios como un hospital de koalas.
Los koalas están en peligro de extinción en Australia. En este hospital recogen koalas que han sido atropellados o han sufrido quemaduras en incendios, los cuidan y los dejan en libertad. En este caso, veremos koalas que por diferentes causas se han quedado ciegos y no pueden dejarlos en libertad porque no sobrevivirían. A los otros, los dejan en un sitio sin contacto con los humanos para que empiecen a habituarse a la vida en libertad.
Llegamos por la mañana, a la hora en que reciben su ración de eucaliptus fresco, y es un placer observarlos comer, caminar. Inspiran ternura. Estamos muy contentos de haber venido en este momento porque el resto del dia lo pasan durmiendo para poder digerir el eucaliptus. Menuda vida la de koala!!!!

Otro sitio interesante es Byron Bay, una zona costera donde todos los estereotipos que tenemos sobre Australia se hacen realidad. En qué pensais cuando alguien os dice la palabra Australia? En surferos y surferas rubi@s, en olas, en cielo azul, un sol abrasador. Todo eso se da en Byron Bay. Es divertido verlo.
Las tiendas en la ciudad no son Zara o Mango, sino Billabong, Roxie…
En Byron Bay visitamos también el faro que nos ofrece una vista espectacular de las playas de arena dorada y de la costa rocosa. Observar el movimiento de las olas chocar contra las rocas es hipnótico.
Y seguimos la ruta hasta llegar a Burnett Heads, ciudad portuaria donde al dia siguiente tomaremos un barco que nos llevara a descubrir la tan ansiada barrera de coral australiana.
El viaje en barco dura 2 horas, durante las cuales, el balanceo del barco se intensifica y la mitad de los pasajeros pasan el viaje entre vomiteras y mareos. A nosotros se nos mueve el estómago, pero conseguimos estar bien. Y de repente, el barco empieza a parar en aguas turquesas y al fondo vemos una isla, y olvidamos el mal de mar y admiramos el paraíso. Una primera aproximación en un minibarco nos permite ver tortugas marinas y la tan ansiada barrrera de coral australiana. Tras una comida rápida (siiii, tenemos ganas de bucear por fiiiin), nos lanzamos al agua y descubrimos las maravillas del fondo marino. Una estrella de mar violeta, una raya, miles de peces de todas las formas, tamaños y colores posibles… El regreso a tierra es mucho más tranquilo y nos permite digerir todas las imagenes captadas en la mente.

Los próximos días cambiamos de paisaje y nos adentraremos en el « outback », el interior del país…

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On the road (driving our home)
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Breakfast on the beach
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Clear water of Byron Bay
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So cliché!
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A blind koala
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The largest living being on Earth!
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North of Laos, North of Thailand

Nous retrouvons notre ami p’tit Nico dans la calme et agréable ville de Luang Prabang, après une épique journée sur la route. Notre premier bus, dit « VIP » (car il a la clim et ne s’arrête pas partout comme les bus locaux), tombe en panne au bout de 2h de route. Pas de bol, le trajet doit en durer huit. Le chauffeur et son assistant mettent les mains dans la cambouis, mais on comprend assez vite que les espoirs d’une réparation de fortune s’évaporent avec la fumée bleue-blanche qui sort du pot d’échappement du bus qui pétarade. On finit par se faire prendre par un minibus qui passait par là et qui, heureusement, n’était pas totalement plein. Ce dernier nous amènera à bon port, et nous fera découvrir une magnifique route de montagne qui monte, qui monte, qui monte, puis redescend par des milliers de virages interminables.

Nous apprécions donc quelques jours de repos dans cette jolie ville, pleine de petits bâtiments mitoyens faits de brique et de bois joliment décoré, dans une ambiance paisible et réconfortante, après tant de jours passés dans les transports (nous avons enchaîné plus de 1600 km de bus depuis Phnom Penh, avec, pour seules étapes, des roadtrips à moto peu reposants…) Nico est un peu jetlag, on prend le temps. Les temples sont tous plus beaux les uns que les autres. La fraîcheur de l’hiver qui approche et de l’altitude qui s’est élevée depuis notre première vue du Mékong au Cambodge se fait ressentir. Une trentaine de km au sud de la ville, c’est une superbe cascade qui nous régalera de fraîcheur et de sa couleur turquoise des bassins en terrasse.

Notre remontée du Mékong s’achèvera à la frontière Thaï, à deux jours de bateau de Luang Prabang en direction du nord-ouest. Cette épopée en slow-boat nous a fait découvrir un Laos sauvage, où la vie est rythmée par le niveau du Mékong. Les berges gardent les stigmates de la dernière crue estivale, comme en témoignent les troncs échoués sur les rochers et les arbustes aplatis sous la puissance des flots de la saison humide. Notre capitaine navigue à vue et emprunte, à chaque virage ou petit rapide, une trajectoire parfaitement maîtrisée entre les rochers qui dépassent et les nombreux tourbillons.

Le 24 novembre, nous passons la frontière pour revenir sur le sol Thaï. C’est une navette qui nous amènera du poste frontière Lao à celui de la Thaïlande en franchissant le Mékong par le Pont de l’Amitié, ainsi qu’un petit croisement rigolo permettant de changer de côté (et oui, on conduit à droite au Laos et à gauche en Thaïlande). Après quelques heures de bus, notre première étape du nord de la Thaïlande sera la ville de Chiang Rai.

Petite ville sans prétention, la ville de Chiang Rai vit paisiblement. On regoûte à la vie Thaï et à sa gastronomie, au plus grand plaisir de nos papilles. Curry vert (soupe de lait de coco, citronelle, poulet et légumes, généralement bien pimentée), soupe Massaman, Pad Thai et autre Mango sticky rice nous régaleront jusqu’au dernier jour de notre séjour au royaume de Siam.

Après Chiang Rai, c’est la ville de Chiang Mai qui nous accueillera quelques jours. Chiang Mai une grande ville. Elle accueille beaucoup d’expats. Et on les comprend ! Cette ville a tout pour plaire. Un charmant cœur de ville entouré par des douves et leurs remparts de brique rouge, toutes les commodités et infrastructures « comme à la maison » (centres commerciaux, hôpitaux, universités flambants neufs), et des parcs nationaux magnifiques aux alentours. Et le tout avec un coût de la vie très, très bas. On partira à la découverte de ces superbes paysages sauvages… à moto ! Et oui, on commence à y prendre goût. On roulera au hasard dans le magnifique petit massif du Chae Sorn National Park, à l’est de la ville, où on découvrira des sources d’eau chaude, des petits villages typiques, et surtout des vues splendides sur les vallées de jungle que nous traversons.

Chiang Mai aura également été pour nous une occasion de s’initier à la méditation bouddhique. Cette découverte est organisée par des moines directement, à quelques kilomètres de la ville, dans un centre de méditation où seuls les gazouillis des oiseaux sont perceptibles dans un calme absolu. Plutôt qu’une révélation pour moi (mon pragmatisme de scientifique me gardera les pieds sur terre), cette initiation nous a fait prendre du recul sur beaucoup de petites choses de la vie courante.

Les 700km plein sud qui nous amèneront à Bangkok se feront en train, avec une halte dans la petite ville de Lopburi. Lopburi est presque un village. Deux ou trois rues, un petit marché de nuit où déguster des brochettes en tout genre, de jolis ruines de temples datant d’une époque proche de ceux d’Angkor, et surtout, des singes ! Ils sont partout, ils se promènent en famille dans les câbles électriques et viennent dérober quelques victuailles sur les étales et dans les cuisines des individus étourdis. Se croyant plus malins, certains auront gardé un lance pierre et quelques munitions à portée de main pour chasser les primates, mais on imagine bien qui a généralement le dernier mot à ce petit jeu…

Dernière ville, Bangkok. Et quelle ville ! Nous n’en avions eu qu’un bref aperçu il y a deux mois, avant de filer vers le sud. Cette fois nous y restons quelques jours. Mais quelques jours pour visiter une agglomération de 14 millions d’habitants, c’est court. Et puis je me rend compte que je n’aime bien bien les grandes villes alors tant mieux finalement. Notre impression de Bangkok restera assez particulière car nous l’avons découverte lors des nombreuses cérémonies organisées en hommage au roi défunt Rama IX (qui s’est éteint en octobre, alors que nous étions au sud du pays) et au couronnement du prince héritier (qui deviendra Rama X, vous l’aurez deviné). Les thaïs ont une relation quasi-passionnelle avec leur roi. Un an de deuil national a été décrété. Rares sont ceux qui ne s’habillent pas de noir, ou portent un petit ruban de deuil. Certains se recueillent devant les innombrables posters du roi défunt disposés à chaque coin de rue. Le grand parc Sanam Luang, que nous avions découvert début octobre couvert de gazon, a été transformée en terrain d’accueil des milliers de thaïlandais venus de tout le pays pour rendre un dernier hommage. Des navettes les y amènent, des stands de cuisine improvisés les nourrissent, et des policiers volontaires sont venus en renfort pour assurer un déroulement sans encombre. C’est un moment unique que nous avons eu la chance de découvrir dans cette capitale asiatique géante.

Nous profitons des quelques heures qu’il nous reste en Asie pour déguster un jus de mangue glacé et une coco fraîche, avant de s’envoler vers l’hémisphère sud pour notre roadtrip australien.

On vous embrasse.

Les photos de Nico c’est par ici

Empezamos la ruta a 3 en Luang Prabang, al norte de Laos.
La ciudad nos enamora desde la llegada. Luang Prabang es una ciudad con pequeñas casas de estilo colonial, llena de templos impresionantes y bañada por el Mekong. A pesar de ser bastante turística ha conseguido conservar su encanto intacto.
Pasamos 3 días paseándola, disfrutándola, admirando los templos, tomando zumos y cervezas a orillas del Mekong. Podría haberme quedado aquí una semana felizmente, esto es un pequeño paraíso.
Visitamos también una de las cascadas más bonitas que hemos visto hasta ahora. El agua es cristalina, y con la luz del sol las imágenes son impresionantes. Al inicio de la cascada descubrimos por sorpresa un lugar donde preservan osos de la region. Me fascina verlos!! Tienen algo de humano y algo de salvaje, de primitivo…

El siguiente paso es ir hacia el Norte de Tailandia. Decidimos hacer el camino en barco durante 2 dias (con una parada en una ciudad para dormir). El viaje en barco es relajante, sientes el balanceo del Mekong que te cautiva, la naturaleza en estado puro. Pasamos por pueblecitos que solo están en contacto con el resto del mundo a través del Mékong y de este barco que pasa una vez al día y seguimos viendo la vida pasar…

La primera parada en Tailandia es Chiang Rai. Aquí pasamos 2 días y nos encandila el templo blanco creado por un artista de la región. Es como entrar en un mundo mágico. El contraste del blanco intenso con el cielo azul crea una sensación de irrealidad. Y no solo está el templo, el artista sigue creando numerosos templos alrededor que siguen en construcción. Me hace pensar un poco en la Sagrada Familia, por el espíritu innovador de crear algo completamente diferente de algo tan clásico como un templo o una iglesia.

Seguimos el periplo hacia Chiang Mai. La llegada a Chiang Mai nos relaja. Hay que decir que tras 2 meses comiendo arroz y noodles y viviendo en un universo oriental, necesitábamos un respiro. En Chiang Mai comemos la primera hamburguesa o la primera pizza tras 4 meses de viaje. Y creedme, nunca una pizza, un trozo de pan con aceite de oliva o una hamburguesa supo tan bien :p)
Además de eso, Chiang Mai es una ciudad con encanto. El centro histórico tiene forma cuadrada y está rodeado por un río y las murallas que lo diferencian de la parte más reciente. Esta ciudad también ha sabido conservar su encanto a pesar del turismo, que no le quita una pizca de su autenticidad.
Descubrimos la ciudad en bicicleta y andando para descubrir sus numerosos templos y las callejuelas donde da gusto perderse.

Desde mi llegada a Asia me interesa el budismo y los monjes, que hemos cruzado numerosas veces en estos dos meses, en templos, en autobuses. Me ha impactado el enorme respeto que la gente parece tenerles. Descubro que existe la posibilidad de hacer una iniciación a la meditación durante 2 días con un monje. Michel y Nico se unen también.
Lo que al principio pensábamos era algo fácil, finalmente se convierte en algo más intenso. Al inicio KK (así se llama el monje que nos acompañará en esta experiencia) nos explica las bases del budismo y de la meditación y después nos vamos hacia el centro de meditación que está a unos 20 km de la ciudad, en una zona muy tranquila. Una de las primeras consignas es estar en silencio durante los 2 días para concentrarnos mejor. KK nos explica, nos muestra y nos guía sobre cómo meditar. También nos hace vivir un poco como los monjes viven (desde la oración antes de cada comida hasta el gong que nos despierta al día siguiente a las 5 de la mañana). Sí, los monjes son super madrugadores!!!
Estos dos días se convierten en una experiencia inolvidable que nos enseña el valor de la simplicidad y del aquí y ahora para vivir mejor.

Seguimos el periplo en Lopburi, una ciudad con algunos vestigios de la epoca khmer y algunos macacos que se pasean entre los cables de electricidad y roban comida en los estantes callejeros.

Finalizamos la ruta en Bangkok! Bangkok es una mezcla de tradición y modernidad. Visitamos algunos templos impresionantes, (como el del Buda acostado) y también algunos rascacielos. La vista a 308 metros sobre la ciudad es impresionante!!!

Y tras despedirnos de nuestro compañero de viaje durante 3 semanas, empezamos a pensar y a preparar la llegada a Sydney mañana.
Contenta de cambiar de aires. La cultura asiática es muy interesante pero enormemente diferente de la nuestra, y tenemos la impresión de que ha sido un poco difícil conectar con la población.
En cualquier caso me llevo en la mochila el recuerdo de la sencillez, la amabilidad y la tranquilidad de estas gentes.

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Pagoda in Luang Prabang
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Temple of Golden Buddha
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Waterfall
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View from the slow-boat
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A little nenuphar
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White temple of Chiang Rai
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Little monk
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Motorbike trip
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Bangkok’s mourning
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View from 300m-high skycraper
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Phnom Penh and riding South of Laos

La ville de Phnom Penh nous aura mis une bonne claque. Explications.

Notre arrivée à la capitale cambodgienne se fait après une dizaine d’heures dans un bus relativement confortable, mais aux arrêts nombreux et interminables. L’avant-dernier pour décharger une grosse centaine de fagots de balais entassés sur les 3 derniers rangs du fond. Il a fallu les passer un par un à travers la fenêtre entrebâillée de l’arrière du bus. Incroyable. Bref, nous descendons enfin, proche d’un quartier qui nous avait semblé sympa a priori, selon la description que nous avions lue. On y trouve beaucoup de touristes, de restaurants à touristes, d’hôtels (à touristes). Ce n’était pas vraiment ce qu’on cherchait, mais on se dit qu’on devrait y trouver un endroit pas trop cher pour y dormir malgré tout. Et puis on découvre que beaucoup de terrasses sont occupées par des touristes blancs, hommes, la cinquantaine, seuls. Parfois accompagnés d’une locale, parfois pas. On essaie d’en faire abstraction et de se concentrer sur la recherche d’un petit hôtel ou une guesthouse de type familial. Introuvable. On passe dans la rue derrière. Des enseignes à néons multicolores clignotants qui nous inspirent encore moins. On finit par prendre un tuktuk et lui demander de nous amener dans un autre quartier plus populaire, et loin de cette prostitution croissante qui est, nous l’avons lu plus tard, en grande partie due à un renforcement des condamnations en Thaïlande. Dure réalité. C’était donc notre première impression de la capitale cambodgienne.

Deuxième jour, il pleut sans discontinuer et Maria est un peu malade. Nous restons à la chambre de l’hôtel. Fin de la journée.

Troisième jour, la météo est meilleure, Maria va mieux, et il nous reste un jour pour visiter la ville. Plutôt que d’aller visiter mille temples et palais royaux, nous choisirons d’en savoir un peu davantage concernant le génocide mené par les Khmères Rouges entre 1976 et 1979. Phnom Penh a été, comme le pays tout entier finalement, très lourdement touché par ces opérations d’une cruauté sans nom. Nous avons visité l’ancienne prison secrète dénommée « S-21 », située en plein cœur de la ville dans une ancien lycée, où étaient menés des interrogatoires et tortures méticuleusement préparées par les KR, avant la déportation vers des champs d’extermination quelques kilomètres au sud. La visite est habilement menée par des scènes, photos, illustrations très dures, car explicites, mais accompagnées d’un discours explicatif très calme et menant à réflexion profonde sur la raison de l’apparition d’une telle situation.

Nous avons donc vécu trois jours comme nous ne l’avions pas vécu depuis notre départ. Sans y avoir pris un plaisir énorme, nous avons le sentiment d’avoir appris beaucoup de choses ici, d’où la « bonne claque ». Et cette claque nous aura montré une nouvelle face de la réalité qu’un peuple, tel que le peuple khmère, porte en lui.

Nous quittons Phnom Penh le 8 novembre vers le nord, par un bus similaire à celui qui nous y a amené, direction Kratie. Sur la route, nous grignotons quelques chips de banane, et nos voisins des sauterelles frites. Nuit étape à Kratie, qui nous a réservé un superbe coucher du soleil sur le fleuve Mékong. Le lendemain nous poursuivons notre voyage vers le nord, et traversons la frontière du Laos.

Nous passons notre première semaine au Laos en grande partie en balade à deux-roues. Deux jours à la découverte du plateau des Bolavens, au départ de Paksé. On y découvrira de jolies cascades, des villages typiques où les enfants jouent entre les poules et les cochons en semi-liberté, des plantations de café, et beaucoup de sourires. On commence à se sentir bien au Laos. Nouveau coucher de soleil sur le Mékong depuis le Bouddha doré surplombant la ville de Paksé.

Puis, après un jour de bus, relativement inconfortable cette fois, nous laissons nos sacs à dos à Thakhek et enfourchons une nouvelle pétrolette pour une seconde balade de trois jours dans les formations karstiques extraordinaires des alentours. Ce circuit très varié est un vrai régal pour les yeux (moins pour les fesses, car nous avons avalé pas loin de 500 km en trois jours, tout de même). Les paysages que nous traversons sont de toute beauté. Des pains de sucre calcaires éparpillés sur une plaine jaunie par la récente moisson du riz, à la traversée d’un lac artificiel duquel émergent une multitude de tronc blanchis par le soleil et au reflet miroir sur fond de ciel bleu azur, nous traverserons de charmants villages sur pilotis, baragouinerons quelques mots de lao pour commander un plat et slalomerons entre les nids de poule (d’éléphant ?) Nous passerons une soirée magique depuis notre petit bungalow à Talang (non pas Talange, pour les Lorrains !), les pieds dans l’eau, à savourer le coucher du soleil qui laissera la place au lever de la Lune géante tant convoitée.

Après Phnom Penh, Kratie, Paksé et Thakhek, nous poursuivons notre remontée du Mékong jusqu’à Vientiane puis Luang Prabang où nous retrouverons p’ti-Nico. La bise et à bientôt !

Phnom Penh no nos recibió como esperábamos. Llegamos dispuestos a buscar una guesthouse y nos encontramos con una especie de Benidorm pero al lado del Mékong. Decidimos ir algunas calles atrás imaginando que será menos turístico y cual fue nuestra sorpresa al encontrarnos con bares y restaurantes llenos de viejos europeos sentados con jóvenes camboyanas. De hecho, algunos viejos verdes vienen a este tipo de países, pasan 15 dias con las chicas, les hacen algún que otro regalo y vuelven a sus casas pensando que eso no es prostitución. No!! Me niego rotundamente a aceptarlo y a que se considere como algo normal!! Así que pillamos un tuk tuk y le decimos que queremos ir al otro lado de la ciudad. El hombre nos mira como si estuviesemos locos y nos dice que estamos en el sitio turístico. Eso es lo que no queremos!!!! Al final nos lleva y encontramos una guesthouse mucho más tranquila. Pero una lluvia incesante, un resfriado y la visita a una cárcel donde el régimen impuso torturas durante tres años hacen que abandonemos Phnom Penh con ganas.
Siguiente parada Kratie: esta ciudad nos reconcilia con Camboya. Un paseo al borde del Mékong, poco bullicio y un atardecer de ensueño nos devuelven las ganas de seguir descubriendo.
De ahí tomaremos el bus para cruzar la frontera con Laos. Ay, los autobuses locales!! Hay que decir que son la mejor manera de estar en contacto con la población y de descubrir la autenticidad del país. Desde una vecina que come saltamontes como si fueran patatas fritas, a otra que lleva dos gallinas en el bolso atadas por las patas para que no se escapen (imagino que es como cuando tu madre te da un tupper de comida, aqui es como… toma, dos pollos para cuando llegues a casa :). Los autobueses también sirven no soóo para transportar pasajeros, sino para llevar todo tipo de mercancías.
En el último que tomamos llevaban sacos de arroz que pusieron dispuestos en el pasillo, así que cada vez que haciamos una pausa pipi debíamos saltar por encima de los sacos para salir del bus 😉
Y uno de estos buses nos lleva a Paksé, ciudad tranquila desde donde alquilamos una scooter y nos vamos a hacer una ruta de dos días. Primera experiencia desde el inicio del viaje motorizada, pero es divertido, nos cambia un poco el ritmo del viaje. El interés de esta zona llamada Bolavens son las cascadas, pero lo que nos encandila es la guesthouse donde dormimos. Una cabaña situada al lado del río con vistas a una cascada, y lo más importante, en medio de una mini aldea donde vemos la vida pasar. Desde los cerdos y gallinas que se pasean felices (eso sí que es cría al aire libre), hasta la niña que hace los deberes o el pequeño de un año que ya ha aprendido a comer el sticky rice, una variedad local que podriamos traducir como « arroz pegajoso ». Los locales lo comen con las manos, hacen una bola y lo mojan en una salsa. Un placer comer con las manos!!
Terminamos la ruta de Bolavens con una impresión muy buena de Laos, poco turístico, auténtico, con gente sonriente y hospitalaria.
Tomamos rumbo a Thakhek donde haremos otro itinerario en scooter (le estmaos pillando el gustillo) esta vez de 3 días. Los paisajes son magníficos, formaciones karsticas, una presa que ha creado un lago enorme donde los árboles surgen como espíritus que elevan su alma al cielo. Es bonito y desolador al mismo tiempo. Termimanos la ruta en la gruta de Konglor, con un paseo en barca durante 45 minutos en la oscuridad. Llevamos lámparas que nos permiten iluminar un poco, pero es impresionante. A veces el reflejo del agua con las piedras produce una sensación como de abismo. Belleza en estado puro!
Escribo esto desde un autobús que nos lleva a Vientiane y mañana partimos a Luang Prabang donde encontraremos a Nico, un amigo de Michel que se nos unira 3 semanas, para continuar la aventura a 3. Eso animara nuestro viaje seguro 🙂 Hasta pronto!!!!

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Sunset on the Mekong
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Laos village life
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Biker!
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Big moon
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Dead trees
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Michel and sticky rice

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Volunteering in Battambang

Hay que reconocerlo, el « nomadismo » engancha. Llevar la mochila, dormir cada día en un sitio diferente, ver paisajes nuevos y descubrir cosas constantemente…
Nos ha costado un poco parar durante 2 semanas en Battambang para hacer el voluntariado en Coconut Water, volver a tener horarios y a ser sedentarios.
Pero nos decimos que al final, es esto lo que hemos decidido, intentar no solo viajar y ver bonitos templos y paisajes, hacer fotos magníficas, sino también descubrir la otra realidad de este país, la cara menos amable.
La historia reciente de Camboya está marcada por una guerra civil y una dictadura que provocaron que 1/5 parte de la poblacion fuese exterminada. El país intenta olvidar esta masacre, y salir adelante. Algunos datos de Unicef: mas de 1/3 parte de la población se encuentra por debajo del umbral de pobreza, y la mitad de la población camboyana está formada por niños.

El dato positivo es que hay una elevada tasa de escolarización (alrededor del 90 %). Desde Coconut Water intentan contribuir a la escolarización ofreciendo becas a niños de familias desfavorecidas. Aunque la educación es publica, los estudiantes deben comprarse uniforme y material escolar, y para algunas familias que apenas tienen para subsistir, este gasto es imposible. Los niños terminan abandonando la escuela. Estos días hemos tenido la oportunidad de visitar a algunas de estas familias. En muchos casos, los niños viven con su abuela porque los padres han emigrado a Tailandia (la política de immigracion de Tailandia no permite la escolarización de los hijos de camboyanos, asi que muchas familias tienen que separarse), en otros casos los padres se divorciaron e iniciaron una nueva vida sin sus hijos…

Interesante también la labor que la ONG realiza haciendo cursos extraescolares en los colegios para que los niños puedan aprender y jugar fuera del horario escolar. A esta tarea hemos contribuido dando clases de inglés, informática, pintura, y haciendo juegos. Esta parte ha sido la más gratificante. Ha sido interesante ver diferencias entre los niños malgaches (más extrovertidos y comunicativos) y entre los camboyanos (más timidos, más tranquilos). Pero a la hora de hacer juegos, todos los niños son niños.

También nos ha alegrado estos días la visita de Raúl, un trabajador de Agua de Coco en Granada que ha venido unos dias a Battambang.

Mañana partimos rumbo a Phnom Penh, la capital. Contentos de la experiencia vivida, pero con la emoción de volver a tomar las mochilas y partir rumbo a nuevas aventuras…

Battambang. Voici deux semaines que nous y avons posé nos valises. Battambang est une ville de province qui n’a rien et tout à la fois. A première vue, quelques pagodes, une grande rivière, des rues perpendiculaires à l’américaine (numérotées Street 1, 2 etc), plusieurs marchés, beaucoup de motos, des boutiques de vêtements, de téléphones, et des gargotes ambulantes. On ne va pas à Battambang pour visiter un temple ou un musée en particulier, mais simplement pour découvrir la vie khmer dans sa simplicité. Pas de car de touriste, pas de boutique de souvenir, pas de rabatteurs devant les restos, et, cerise sur le gâteau, les chauffeurs de tuktuk n’insistent même pas, mais sourient gentiment lorsque l’on décline leur invitation à monter ! Nous avons donc découvert la vraie vie à la cambodgienne, ses slaloms à moto pour traverser les carrefours, ses hamacs où l’on attend que le mercure redescende, ses terrasses de nuit où l’on déguste des nouilles jaunes aux légumes et sauce aigre-douce, ses pâtisseries de riz sucré gluant que l’on trempe dans la noix de coco fraîchement râpée, et ses délicieuses bananes, mangues et papayes cueillies à maturité parfaite.

Nous avons passé ces deux semaines en tant que bénévole au sein de l’ONG Coconut Water, sœur de l’ONG Bel Avenir où nous avions été à Mada. Si l’ampleur de Coconut Water à Battambang nous a semblé bien inférieure à celle de Bel Avenir à Tuléar, le fonctionnement est globalement le même. En plus de proposer une éducation extra-scolaire, la fondation apporte une bourse à un certain nombre d’enfants issus de familles en difficulté. Cette bourse permet aux bénéficiaires d’obtenir une scolarisation qui leur serait inaccessible autrement, faute de moyens financiers. La plupart des familles bénéficiaires sont des familles dont les parents ont quitté le foyer pour aller trouver du travail en Thaïlande, ou dont les parents divorcés n’ont plus la charge de leur enfants. Les tragiques actions meurtrières menées par les Khmères Rouges il y a une quarantaine d’année ont également considérablement affaibli et réduit les effectifs de certaines familles. Ces enfants sont donc souvent éduqués par un seul grand-parent, une tante, voire une voisine. La bourse apportée est loin de changer radicalement la situation difficile de ces familles, mais apporte une opportunité à ces enfants qui n’auraient eu de choix que de travailler très jeune pour subvenir aux besoins familiaux.

Sans être aussi extrême que certains quartiers de Tuléar, la situation de certaines familles rurales des alentours de Battambang est particulièrement difficile pour deux raisons. La plupart de ces familles ne dispose pas de terre, dans une région à grande majorité agricole où l’on cultive le riz, la canne à sucre et l’hévéa. On se débrouille avec un petit potager, quelques poules, et des petits travaux à effectuer au marché du village. La seconde raison est que la détresse de ces familles n’est pas évidente à déceler car elles vivent en général dans des villages dans lesquels on vit correctement, à en voir les motos et tracteurs que l’on croise. Aucune des familles que nous avons rencontré n’avait accès à l’eau courante, et se voient donc contraintes de consommer l’eau de pluie, stockée dans des petites citernes durant la saison humide. On se lave alors avec de l’eau pompée depuis une rizière, avec les nombreux risques parasitaires que cela engendre. Lors de la saison sèche, on doit aller chercher plus loin de l’eau que l’on filtre ou que l’on bout, en fonction des moyens disponibles.

La modeste contribution apportée par Coconut Water à ces familles permet donc à ces enfants de disposer de fournitures et d’un uniforme, et donc une intégration totale. Et le résultat est là. A l’école, impossible de deviner qui est bénéficiaire ou non.

Le second volet de notre bénévolat s’est axé sur l’aide extra-scolaire apportée par les quatre éducateurs de la fondation. Au menu, cours d’anglais, d’informatique, de dessin, atelier recyclage. Le tout se terminant généralement par des jeux, éducatifs lorsque c’est possible. Notre présence a d’abord beaucoup intrigué les enfants, puis les a amusé. Mais la timidité des cambodgiens ne nous a pas apporté la même ferveur que les petits malgaches. En revanche, nous avons été impressionné par l’aptitude de certains à savoir jongler entre les alphabets khmer et latin. Nous avons eu le sentiment que ce sont des enfants très appliqués et sages.

Demain nous nous dirigeons vers Phnom Penh, la capitale où nous resterons quelques jours avant mettre le cap au nord vers le Laos.

On vous embrasse fort.

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Students in class
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Scholarship family
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Computer lesson
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Playing games
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Angkor

Sin palabras nos hemos quedado estos días visitando Angkor. Y como una imagen vale más que mil palabras, aquí os mostramos algunas…

Nous venons de passer quelques jours à Siem Reap, plus particulièrement à la découverte des temples d’Angkor. Nous avons eu chaud, très chaud. Plutôt que de longues palabres, on vous laisse découvrir à travers quelques clichés assez typiques (« so cliché »). Demain on prend un bateau qui nous amène à Battambang pour commencer deux semaines de volontariat avec Coconut Water.

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Magic sunset
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Photo-shooting!
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Angkor Wat!!
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Mother nature taking back its place
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Again…
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… et Angkor!
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Majestic entrance of Angkor Thom
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How many faces of Buddha can you find?